Despegarnos de la realidad

Esta mañana he terminado un libro llamado El océano al final del camino. Un libro de fantasía del escritor Neil Gaiman. Un libro que he devorado. Hacía mucho que no me pasaba. Ni devorar libros ni leer fantasía. 

Tenemos la manía de pensar que la fantasía es cosa de críos. Los adultos pueden leer Ciencia Ficción, pero no fantasía. Me pregunto de dónde hemos sacado esa idea.

Siempre he sentido envidia de aquellos escritores que inventan mundos y criaturas que solo existen en su imaginación y que los describen como si fueran tangibles. Independientemente de que me guste la historia o no, es imposible no respetarles y admirarles; crean vida donde antes no había nada.

Nos hemos acostumbrado a dividir lo que se presenta ante nosotros en dos categorías: lo que nos gusta y lo que no. Nos gusta un género y no otro, una persona y no otra. No indagamos en los matices, en el trabajo que hay detrás, en la personalidad, en esa faceta que se esconde detrás de la simple apariencia. Simplificar lo que nos rodea hasta ese punto, convertir nuestro mundo en uno compuesto solo por lo que nos gusta y por quienes piensan como nosotros, lo único que consigue es que nuestra mente se vuelva opaca, cerrada.

Admiro a todo aquel que inventa desde cero un universo que nadie podía intuir, que nos traslada a él y nos involucra en la historia. Hacía mucho que no leía fantasía porque me he centrado en otros géneros, pero aquí estoy hablando de un libro sencillo y lleno de magia.

He buscado tiempo de donde no existía para leer ese libro. Hacía mucho que no me pasaba tal cosa, no porque los demás libros que han pasado por mis manos no merecieran la misma devoción por mi parte sino porque, sin saberlo, mi mente estaba saturada de realidad. Si he leído esa historia tan rápido, si ya tengo preparada en mi mesita de noche otra del mismo autor, es precisamente porque se aleja de una realidad que ya me cansa. Ha sido mi desconexión.

La fantasía, esa que reservamos para los niños, no la necesitamos para alejarnos de la realidad, sino para desconectar de ella. La tenemos pegada en cada poro de nuestra piel, en cada neurona, en los sueños y las ojeras. A nosotros, los adultos, nos urge que nos den un empujón hacia otra realidad que no existe para adentrarnos en un mundo nuevo del que no sabemos nada, y renovar ese aire enturbiado.

Danae

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