Treinta y cinco

Esta mañana me he despertado y, aún en la cama, he susurrado con la voz ronca por la somnolencia un «Felicidades». Hoy cumplo treinta y cinco. Lo escribo con letras, con números parece una sentencia; con letras, una promesa.

Desde hace años siento cómo el tiempo me susurra al oído un impertinente tic tac. Desde entonces, tengo la eterna sensación de que no me va a dar tiempo a hacer cosas, no sé cuáles. Solo cosas. Puede que por eso sea reticente a cumplir años.

Hoy, como siempre que puedo, miro a mi pasado más reciente, a ver con qué me encuentro, y lo que veo no me disgusta, tal vez porque me doy cuenta de las lecciones que llevo conmigo. He aprendido el poder que tiene un abrazo, de una videollamada a tiempo, de una risa antes de acostarse, de la existencia de una fortaleza que no sabía que tenía, de la vulnerabilidad que me hace si acaso, aún más fuerte. He aprendido a valorar aún más los detalles, a las personas, a lo que me rodea, a que una copa de vino en pijama siempre es un placer. Y a estas alturas de mi vida, por fin he sido plenamente consciente de que la escritura me salva la vida cada día, que las palabras pueden no curar, pero sí florecer en las grietas.

Por todo esto, hoy he decidido convertir mi cumpleaños en mi particular Acción de Gracias, porque tengo mucho que agradecer. Agradecer a mi familia por ser como es, a mi madre porque nunca se rinde, a mi hermano por estar, a la familia que he escogido y que con la que formo un grupo selecto de unos pocos miembros. Qué suerte. Mi familia. De sangre y la elegida. Qué bien contar con ellos, qué bien que cuenten conmigo.

Estoy agradecida por tener la capacidad de aprender, por esos detalles que me salvan el día y la vida, por la escritura y la lectura, por los paseos en silencio, por la risa que me da energía. Agradecida por estar y por mantener una fuerza que siempre creo que está a punto de agotarse, pero ahí sigue; agradecida a estas piernas mías que bailan sin control y a un rostro expresivo con el que ahorro palabras.

Treinta y cinco. Qué vértigo y qué ganas al mismo tiempo, a ver hasta dónde me lleva todo esto. Qué bien tener a gente con quien compartir este camino, pero qué miedo, joder. Algún día aprenderé a convivir con él.

Treinta y cinco. Lo dicho, es una promesa.

Danae

Deja una respuesta